
La nariz es un órgano de gran importancia para la salud. Filtra el aire que respiramos, elimina polvo, gérmenes e irritantes; lo calienta y humedece para evitar daños en las vías respiratorias y los pulmones; y contiene el sentido del olfato.
Sus síntomas incluyen inflamación, sensibilidad, ojos morados y dificultad para respirar. Las causas más frecuentes son lesiones por practicar deportes, accidentes o golpes fuertes. Los huesos nasales son extremadamente delgados y, ante cualquier traumatismo, pueden fracturarse con facilidad.
Son más comunes de lo que se cree. La mayoría ocurre debido a irritaciones menores o resfriados; otras se deben a traumatismos o resequedad. Si son recurrentes o abundantes, conviene una evaluación otorrinolaringológica.
Son masas blandas que se desarrollan en la mucosa nasal o en los senos paranasales. Las infecciones o alergias prolongadas aumentan el riesgo. Generan obstrucción nasal, disminución del olfato y sinusitis recurrente. El tratamiento puede ser médico o quirúrgico.
Conjunto de síntomas que afectan la nariz cuando una persona inhala algún alérgeno (polvo, caspa, polen). Incluye estornudos, congestión, prurito y secreción transparente. El manejo combina control ambiental, medicamentos antihistamínicos y, en casos seleccionados, inmunoterapia.
Es un desvío de la pared que divide la cavidad nasal. Cuando hay síntomas, incluyen congestión, hemorragia nasal y respiración ruidosa durante el sueño. La septoplastía corrige esta condición y mejora notablemente la respiración.
Inflamación de los senos paranasales que provoca dolor facial, congestión, secreción y dolor de cabeza. Puede ser aguda o crónica. El tratamiento incluye antibióticos, lavados nasales y, en casos avanzados, cirugía endoscópica.
Es importante acudir al médico lo antes posible ante cualquier síntoma que impida respirar con facilidad, afecte el olfato o cause sangrado recurrente. Un diagnóstico oportuno mejora el pronóstico.